El mundo pandemia y postpandemia del agronegocio

El mundo pandemia y postpandemia del agronegocio

No habrá hambre cero en 2030

Desde antes y sobre en este tiempo de COVID-19, se ha debatido sobre la necesidad de un nuevo orden postcapitalista, alternativa al desarrollo, o postdesarrollo, que vaya más allá de un nuevo modelo económico, a una nueva forma de vida sustentada en el equilibrio, la armonía y el respeto a la vida[1], que puede ser posible en un nuevo mundo postpandemia; mientras que otros, considerando lo complejo de la actual crisis económica, “diferente a todo lo que se haya conocido en la historia” demandan “salvaguardar los principios del orden mundial liberal”[2], o sea, garantizar que todo se mantenga tal cual está.

Cuando inició la pandemia, se encendieron las alarmas en diferentes países del mundo, sobre todo en la Unión Europea (Alemania, Francia e Italia), Reino Unido y EEUU, ante episodios de escasez, desabastecimiento, racionamiento o largas colas para adquirir alimentos, y empezó a considerarse a la COVID-19, una amenaza para los sistemas agroalimentarios, en el que también el Estado necesitaba intervenir para evitar el colapso como sucedió en sus sistemas de salud. Discurso, que se hizo extensivo en los foros multilaterales como ONU, FAO o Banco Mundial.

Los pronósticos de la pandemia en el tema alimentario

Ya en abril y mayo del 2020, se habían desplomado los mercados, se calificó a la pandemia como la peor crisis financiera desde el 2008; que finalmente se convirtió en la mayor contracción de la economía mundial desde 1946 y para América Latina la mayor caída del PIB en el último siglo, donde bajaron aún más, los precios del barril del petróleo en forma drástica; y de productos agrícolas como la soja, el trigo y maíz, aunque en un ritmo menor a los demás commodities.

Aumentó inicialmente el costo de los alimentos, y por ende el precio al consumidor y la inflación, ejemplo de ello, fue el caso de China; se alertaba sobre las interrupciones en las cadenas de suministro por la baja de los volúmenes de carga en los puertos, su efecto sobre el comercio de los productos agrícolas de diferentes maneras; y finalmente, se esperaba que las fallas condujeran a la escasez; y se pusiera en peligro la seguridad alimentaria del mundo.

Sin embargo, advertíamos en ese entonces que, la pandemia afectaría a los sistemas agroalimentarios cuyo objetivo es alimentar a toda la población, de diferente manera, a unos países más que a otros, particularmente por su configuración y conformación dependiente de forma subordinada al sistema agroalimentario mundial, donde el impacto en mayor o menor medida estaría de la mano, de las políticas que se tomaran y la condición estratégica que particularmente se le otorgara, y en la cual, la intervención del Estado se hacía determinante nuevamente, en estos tiempos de COVID-19.

Pasado el tiempo; por una parte, se especula que aún no se visualizan los efectos definitivos de la COVID-19 sobre el sistema agroalimentario mundial; y por la otra, se considera que la pandemia sí ha interrumpido muchos sistemas alimentarios, incluso con condiciones catastróficas.

Lo cierto es que, en el primer año de pandemia mundial, el sector agrícola se desenvolvió comercialmente mejor que otros sectores, como reflejo de la naturaleza esencial de los alimentos. Por lo tanto, se puede asegurar por los momentos que, aunque el impacto no fue a nivel mundial, si sucedió a nivel de regiones, países o localidades, en diferentes partes de los circuitos del sistema o asociados a sectores específicos de producción.

Lo que no tiene discusión, ni debate, ni especulación es que el hambre en el mundo siguió en aumento; aunque en el año 2020, la FAO[10], había presentado a través de lo que consideró la revisión de los números de China, una depuración de los valores proyectados al 2019 en el cual 687,8 millones de personas, o sea, el 8,9 % de la población mundial, era la se encontraba en desnutrición y no los 821 millones que durante varios años consecutivos presentaron. Sólo un error de cálculo, que disminuyó el hambre en el planeta en 132 millones de personas.

Cosa que no es nueva para la FAO, puesto que su reporte oficial ya ha variado de un año a otro en otras oportunidades, como sucedió entre 2011 – 2012, en más de 250 millones de personas, reflejando la inexactitud de sus métodos de medición, con amplio margen de error, por diferentes razones.

Sin embargo, mantiene sus estimaciones, con relación a que el hambre alcanzará a más de 840 millones de personas en el año 2030; y con el impacto de la COVID-19, aseguran que se agregaran entre 83 y 132 millones de personas adicionales sólo en el 2020, o sea, la misma cantidad que se había restado.

Para ello, de acuerdo con la caída de la economía, proyecta tres escenarios. Si esto es cierto, para el cierre del año 2020, se estiman entre 695,7 y 827,9 millones de personas desnutridas en el mundo; que para el 2030, serían entre 841,4 y 909 millones de personas subalimentadas, en inseguridad alimentaria o hambre crónica.

Por los momentos, la Cepal (2020), en sus últimas proyecciones de crecimiento en la región América Latina y el Caribe, estima una caída de -7,7 % en 2020 y una recuperación que alcanza el 3,7 % en 2021, correspondiendo al segundo escenario planteado.

Y según los indicadores de Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Agenda 2030; se asegura, sin considerar aún el impacto de la pandemia que existen 2001,1 millones de personas en estado de inseguridad alimentaria moderada y grave en todo el mundo.

América Latina: la mina para la producción de alimentos

Mientras tanto en la Región América Latina y el Caribe, la mina para la producción de commodities alimentarios y mayor exportador neto de alimentos del mundo[3], se encuentran 47,7 millones de personas desnutridas, con un aumento que ha sido progresivo y consecutivo en los últimos años[4], que para el 2030 se estima alcanzarán a los 66,9 millones de personas.

La América Latina donde se encuentra la mayor disponibilidad de agua para la producción de alimentos, que en 1998 oscilaba en un nivel de utilización del recurso hídrico entre el 0 y 5 %, cuando países desarrollados y en desarrollo como China e India, alcanzaban niveles de uso entre 20 % y 40 % de agua subterránea en algunas zonas, superando umbrales que conducían a la escasez del recurso.

Así mismo, es la región que sólo había utilizado el 19 % de la tierra cultivable en ese entonces, encontrándose más de la mitad de estas, a escala mundial en sólo siete países, entre América Latina (Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia) y África Subsahariana (Angola, República Democrática del Congo y Sudán), por lo tanto, se esperaba que más del 80 % de la expansión de la superficie de labranza se produjera en estas regiones del planeta.

Región, además, con abundantes recursos naturales energéticos, asociados a la matriz hidrocarburífera del modelo agroindustrial actual, para su funcionamiento.

Y finalmente, un elemento de importancia estratégica, la genética relacionado a la semilla, que en América Latina se representa también en los mayores índices de biodiversidad del mundo.

Por lo tanto, era de esperarse que, en estos 20 años, fuera escenario de la carrera por el petróleo y otras fuentes de energía, el acaparamiento de tierras (land granbbing), el control del agua y la apropiación de recursos genéticos, cuyo principal ejemplo es la semilla. Competencia que no se frenó, ni siquiera con la pandemia mundial.

No disminuyó la producción de commodities alimentarios durante la pandemia. Principales países.

En el primer año de pandemia, la FAO afirmó que los pronósticos de producción se redujeron y reducirán aún más[5], sin embargo, la producción mundial de cereales alcanzó niveles sin precedentes en la campaña 2019 – 2020 y así se espera en 2020 – 2021 con 2.742 millones de toneladas, es decir, un 1,3 % más que el año anterior. Esto es, que la producción de maíz se mantiene en 1.471,5 millones de toneladas, siendo EEUU quien posiblemente conseguirá su tercera mayor cosecha jamás registrada. Mientras que la producción mundial de trigo se ubica en nivel comparable al 2019, en 761,7 millones de toneladas; y el arroz “alcanzará un máximo histórico de 508,4 millones de toneladas, cifra que se encuentra un 1,5 % por encima del 2019”. O sea, no se disminuyó, al contrario, aumentó.

Igualmente, se estima para la soja, aún con un ajuste de 362,6 millones de toneladas, un nivel histórico en producción del poroto, superando el volumen logrado en la campaña 2018-2019[6].

Así mismo, en medio de la pandemia en Brasil y Argentina, principales países con las mayores cantidades de tierras aptas para la agricultura en el mundo, no disminuyó la producción, al contrario, se realizaron récords históricos de cosecha en rubros del agronegocio mundial, y aunque disminuyeron las exportaciones totales a consecuencia del coronavirus, no fueron las agrícolas, por el contrario, algunas aumentaron, afirmándose que la agricultura se mostró “resiliente” y el comercio agrícola ha sido más resistente que el comercio general.

Además, que las interrupciones en las cadenas de suministro de alimentos particularmente de cereales y oleaginosas no fueron objeto de interrupciones mayores, sólo a nivel local.

En argentina, el primer exportador mundial de aceite y harina de soja y el tercero de porotos de soja y granos de maíz, cayeron las exportaciones totales del país en un 14,6 % hasta noviembre del 2020, relacionadas a cantidades y precios, sin embargo, los que menos retrocedieron fueron los productos primarios agrícolas y las manufacturas de producción agropecuaria, los cuales ocuparon el 70,8 % del total de las exportaciones; sólo el complejo maicero, soja, trigo y carne bovina/cuero representaron el 53 % de las mismas[7]. De hecho, las exportaciones de maíz durante los primeros diez meses del 2020 fueron récord con 34,5 millones de toneladas comercializadas, 10 % más que el año anterior[8].

Al mismo tiempo, se espera que la cosecha de soja y maíz, los cuales son los dos principales cultivos que se desarrollan en el país, llegue a un récord en la campaña 2020-2021, no porque se espere mayor producción, sino por el aumento del precio de los rubros que, con la pandemia, finalmente se elevaron a niveles no vistos desde hace seis años para la oleaginosa, y cuatro años para el cereal[9].

En Brasil también se registró caída general de las exportaciones por la crisis económica del Covid-19. Disminución que alcanzaba en los primeros once meses del año el -7,4 %, sin embargo, el volumen de productos vendidos por el país creció en comparación con el año anterior, especialmente por el sector del agronegocio que aumentó en 4,9 % con exportaciones récord, y representó el 80,9 % de las ventas externas del sector brasileño en 2020; siendo el complejo sojero (grano, salvado y aceite) el de mayor participación (37,1 %)[10], ubicándose como el principal exportador del grano en el planeta, título que logró en la campaña 2012-2013, ahora con un récord anual, que supera las 99,86 millones de toneladas en el año, superior a los 86,8 millones de 2019.

Para la campaña 2020-2021 se espera que Brasil logre una producción total de cereales y semillas oleaginosas de 265,9 millones de toneladas, de las cuales, se estiman 134,95 millones de toneladas de soja, que establezca al país como el mayor productor mundial; y 104,89 millones de toneladas de maíz, cuya superficie plantada será la más grande de la historia (18,4 millones de hectáreas); mientras que para 2021, apuntan a exportar 85 millones de toneladas de soja (sólo de poroto), de las cuales el 80 % se venden en el extranjero y China tiene el potencial de adquirirlos